This is something big. Yo sabía que en algún momento tenía que escribir acerca de esto, más por obligación moral para conmigo mismo que porque se me dé la gana. Al final, o más bien en el transcurso, espero que las ideas fluyan y la experiencia se torne agradable, como de cualquier modo sucede casi siempre que obligo a mi perezosa y evasiva vocación de escritor a ponerse manos a la obra.
A mitad de bachillerato empecé a leer las Crónicas Vampíricas (CV) de Anne Rice (cosa que saben y probablemente estén hastiados de recordar si son devotos seguidores de mi blog), la serie de libros que mayor influencia -consciente- ha ejercido sobre mí. La última vez que comenté en el blog respecto al tema, iba avanzando a un ritmo muy suave; de hecho iba apenas en la séptima entrega de dicha serie: Merrick. Unos meses después de que lo finalizara me aventé los otros 3 a frecuencia aproximada de uno por quincena; es cierto que no los consumí de la noche a la mañana, pero resulta apabullante comparándolo con el 1 por año, más o menos, que procuraba para alargar el gozo producido por esta romántica y oscura autora. Igual los disfruté mucho, a excepción del último: Cánticos de Sangre, que me disgustó por razones que sin duda comentaré más a fondo llegado el párrafo correspondiente. Esta entrada se trata de un análisis personal de las CV, un análisis en lo absoluto formal y más bien especulativo, cuya principal meta es gramatizar y por tanto hacer más sustancial la experiencia subjetiva que me significó en su momento y que hoy me deja latentes y también manifiestas no pocas repercusiones.
Antes de continuar, es para mí un deber apuntar y subrayar que el texto estará inevitablemente salpicado de spoilers, y que además con toda probabilidad se convertirá en la más larga entrada que jamás haya escrito en WCAD. Sólo bajo esta advertencia y su honorable discreción, están completamente invitados a avanzar justo por aquí...
Jamás me ha llamado la atención el mito vampírico per se; inicialmente las motivaciones que me llevaron a leer Entrevista con el Vampiro (libro 1) fueron que el amigo que hizo el favor de prestármelo me lo recomendó mucho, que estaba ávido de leer novelas y que tenía buenos aunque imprecisos recuerdos de la película. Esta primera lectura, por mucho que me haya gustado, en realidad no representó para mí más que agradables momentos de distracción y entretenimiento. Ya estaban presentes algunos de los ingredientes que pronto me sumergirían en la serie: la asunción natural de la bisexualidad como universal en cada uno de los personajes, aunque hábil y sutilmente disfrazada por seres presuntamente asexuados, pero no deserotizados, cuyo acto sexual final era el intercambio de sangre; y la inmortalidad del ser, un bendito y definitivo escape de la terrible existencia finita. El elemento faltante, que sin embargo caracterizó a la mayoría de las entregas siguientes, era la pasión por la vida. Louis, el vampiro entrevistado del libro, fue un sujeto aterrorizado por vivir a costa de la sangre, atormentado por dudas existenciales y por la culpa de seguir caminando en un mundo del que ya no era parte, un mundo en el que no creía que pudiera llegar a tener lugar alguno. Ahora me entero que si lo describo desde mi actual psicología, el personaje me despierta bastantes emociones en tanto me identifico con él, pero en aquel entonces no había parecido entre nosotros en lo absoluto; yo era más bien como Lestat, el antagonista, pero esto no lo sabría sino hasta leer la siguiente entrega. Con todo, encontré en este libro otro encanto conmovedor que me parmenecería oculto por mucho tiempo, pero que no obstante gocé sin saber por qué, y era el que me produciría mi otrora favorita Claudia, la niña vampiro. Este personaje era tan terrible como Lestat y tan dulce como Lois, pero encerraba dentro de sí una tragedia mucho mayor que cualquiera de ellos: al haber sido creada a los 5 años, su cuerpo permanecería en la niñez por el resto de sus días. Yo me sentía y aun ahora a veces como Claudia, disgustado por mis pequeñas proporciones físicas, infantiles, lo cual desentona con la grandiosa personalidad que pretendo contener (en vano) y con mis capacidades. Claudia, a sus 65 años vampíricos, tuvo un final horrible expuesta a la luz del sol, al ser acusada por Lestat de intento de homicidio de su propio creador y ejecutada por una panda de vampiros adoradores de satán (Théâtre des Vampires). La venganza que Lois obtuvo de estos vampiros, reduciendo a brasas sus aposentos, me supo tan dulce que en el mismo instante que leí el párrafo sintetizándola, tuve que transcribirlo a un cuaderno, y he aquí:
No pude traeros, no pude traeros. Pero ellos yacerán arruinados y muertos en vuestro derredor. Si el fuego no los consume, será el sol. Si no se queman, entonces la gente que vaya a combatir el fuego los vera y los expondrá a la luz del sol. Os lo prometo: todos morirán como vosotras [Claudia y Madeline, una vampiro recién creada] habéis muerto, todo aquél que esté allí de madrugada, morirá. Y ésas son las únicas muertes en mi larga vida que considero exquisitas y buenas.
Por si alguien no estaba enterado, las obras en que se dividen las CV están escritas como si sus personajes las hubieran publicado, de manera autobiográfica, a veces siendo esta tarea dictada o encargada a otras personas del universo ficticio creado por la autora. El segundo libro: Lestat el Vampiro, está escrito por el propio Lestat y se trata del desesperado intento de este personaje por ser comprendido y amado, tomando en cuenta que buena parte de Entrevista con el Vampiro se encargó de presentarlo como un malvado y egoísta desalmado, lo cual aunque no es del todo erróneo, resulta de un juicio parcial. Encontré a Lestat terriblemente seductor por creerse (y haberme hecho creerlo también) más allá del bien y del mal, por estar enamorado de la vida (como también yo lo estaba), por hallar maravillosas a todas las personas (como, en un estado hipomaníaco, yo también las hallaba entonces) y a los otros vampiros y por negar que la existencia tuviera para sí otro significado más allá del estético, del abrazable; para él no había fines que justificaran los medios, porque ni siquiera había fines, sólo placenteros medios, indefinidos o eternos. En su vida mortal, Lestat fue un francés noble por el título de su padre pero en condiciones de facto cercanas a la pobreza, con excepcionales habilidades para la supervivencia aunque definitivamente sensible y talentoso en el arte de la actuación, rebelde y desobediente tanto como su progenitor era autoritario e inflexible, séptimo hijo de la unión entre dicho hombre noble y su madre Gabrielle. Luego de ser convertido en vampiro, al ver a esta última casi del todo consumida por el cáncer, decidió tornarse a la vez en su padre, otorgándole el don oscuro. Gabrielle decía que sólo cuando el dolor de la enfermedad fuera completamente insoportable querría morir, deseaba que fuera tan insoportable que no le diera miedo morir, porque estaba aterrada con la idea. La relación que sostuvo en la mortalidad Lestat con ella me recordaba a la que tenía yo con mi mamá, en donde, a pesar del amor compartido en gratos momentos de silencio, de conversaciones sólo ligeramente íntimas y del afecto tan palpable, había un enorme espacio de secretos insalvable, de comunicación truncada. Este espacio se agiganta cuando Gabrielle se convierte en vampiro y ambos, a pesar del amor, no pueden continuar juntos por la disparidad de sus estilos de vida. Gabrielle se vuelve tal vez no una salvaje, pero se dedica a recorrer la naturaleza sin otro vehículo que su cuerpo, se viste de hombre y no vuelve a cruzar palabras con nadie en mucho tiempo; en las próximas entregas de la serie, cuando esporádicamente hace aparición o se le menciona, apenas se le puede reconocer nada de la humanidad que dejó de forma mucho más bestial que casi cualquier otro vampiro. No puedo evitar sonreír al pensar que mi propia mamá, en una disparatada ficción que le otorgase la eternidad, actuaría de manera muy similar, se desentendería de la vida social y se dedicaría a alimentarse y pasearse indefinidamente, vestida en harapos. En Lestat el Vampiro, llega el punto en que éste, amargado por su soledad y otras angustias que no recuerdo bien (¿remordimiento por la creación de Clauida? Hay un momento en que sufre por esto, pero no estoy seguro de si es aquí o en los próximos libros) sale en busca de respuestas y de Marius el romano, un vampiro milenario y creador de Armand (éste líder de Théâtre des Vampires), dejándole mensajes en lugares públicos. Marius era hasta entonces el vampiro “vivo” más antiguo conocido por algún personaje de la serie, habiendo sido creado a la fuerza para convertirlo en un dios pagano, años antes de la revolución de Jesucristo. Escapando de tal designio se encuentra con otro probablemente más complicado: la custodia de los padres de los vampiros, Akasha y Enekil, tarea que todavía está desempeñando cuando Lestat lo encuentra y de la que le cuenta una larga y emocionante historia que disfruté enanamente y atesoré como mi parte favorita del libro. Antes de pasar a La Reina de los Condenados (tercera entrega), debo mencionar que hay otra característica que me hizo enamorarme de Lestat: su transgresividad; se suponía que los vampiros no debían revelar sus nombres ni mucho menos sus secretos a la humanidad, pero a él no le importó grabar en múltiples muros el nombre del antiguo Marius ni firmar con el suyo para hacerle saber que andaba tras él, así como tampoco le importó revelar la historia de los padres de los vampiros en miles de ejemplares que convertirían su obra en un best seller; tampoco le importaría descarrilarse de otro montón de costumbres y mandatos que la cultura y sociedad vampíricas habían impuesto hasta la fecha.
La Reina de los condenados narra el origen de los vampiros, la historia de las antiquísimas gemelas Maharet y Mekare, de su aprisionamiento y tortura por parte de los padres Akasha y Enekil. Éstos fueron en su tiempo mortal, realeza de una de las primeras civilizaciones (no recuerdo bien si era la egipcia u otra en un espacio histórico-geográfico muy cercano) de la humanidad, pero terminaron convirtiéndose en los primeros vampiros por obra y posesión de un poderoso espíritu corroído en la envidia de no tener cuerpo propio. Esta narración es contada por Maharet en el contexto de Akasha decidiendo dejar su milenario letargo, seducida por Lestat y maravillada por la tecnología y música contemporáneas que usaba para llamarla (el vampiro hasta se convirtió en rockstar, cantando a los jóvenes mortales los secretos de sus antepasados con su voz sobrenatural). Akasha se levanta con una fatal visión de lo que el mundo debía ser: dominio completo suyo y secundariamente de Lestat y todos los demás vampiros que se le unieran y salieran finalmente a la luz (sólo metafóricamente), pues no veía razón para seguir ocultándose entre lo que para ella no era más que alimento andante, los humanos. Si bien Lestat experimenta una devoción enorme por Akasha, el amor que tiene por lo que él denominaba su Jardín Salvaje es decididamente más grande y ello le impide compartir la apocalíptica visión. Un grupo de vampiros importantes, antiguos y neófitos, todos todavía atados emocionalmente a la humanidad por diferentes motivos y circunstancias, se revela contra la madre y en el acto final de este conflicto, hace su aparición la perdida Mekare para arrancarle la cabeza y quedarse con la “semilla” vampírica; así de sencillo y expedito. Esto de la semilla se trata de la cuestión de que, si muriera su portador, todos los demás vampiros perecerían; Marius lo sabía pues sus años mozos de vampiro fueron en medio de una población reducida debido a un fuego que la abrazó cuando Enekil y Akasha fueron dejados por un tiempo a la luz del sol; y por eso guardó a los padres celosamente bajo su custodia por más de dos mil años, tanto como la inmóvil madre se lo permitió. Con una poderosa y pacífica Mekare conteniendo ahora dicha semilla en la seguridad de su cuerpo inmortal, las 'vidas' de Lestat y los demás vampiros dejan de correr riesgo y regresan a la gravidez de sus respectivas pugnas existenciales. Bueno, antes intentan hacerse compañía los unos a los otros en una suerte de ciudad privada, pero poco a poco vuelven a disgregarse, con la triste conciencia de que tarde o temprano se tornan insoportables entre sí. A mitad de esta melancolía, la visión y actitud de Lestat me pareció sin embargo positiva, dando a entender con sus últimas palabras que ahí no terminaba la cosa, que habría más aventuras y que seguiría buscando maravillarse en el mundo, en los humanos y llegado el momento de reencontrarse, en sus iguales; se pinta al final como un malvado sin remedio que seguirá rebelándose al mundo no importando las catástrofes ocasionadas y pidiéndole al mismo que lo entienda, tal vez hasta autocompadeciéndose. Entonces lo amé, porque ése era yo.
A partir de aquí, por más que haya disfrutado las siguientes entregas, ninguna (a excepción del libro 9: El Santuario) me pareció del todo a la altura de los primeros tres libros... aunque no estoy seguro de saber bajo qué juicio sostengo esto, tal vez sólo el del corazón :E. Hubo desde luego muy disfrutables momentos clímax, geniales contenidos argumentativos y líneas narrativas, deliciosas páginas donde la pasión de Anne Rice se derramaba y me embriagaba. La evolución de la ideología de la autora me parecía fascinante, pues seguía un patrón demasiado parecido al mío, aunque tal vez fuera que más bien mi ideología fuera moldeándose para parecerse más a la suya, pues después de todo, las personas con frecuencia queremos volvernos más como aquellos a quienes admiramos, aun si estamos o no conscientes de que si los admiramos es porque nos identificamos con ellos: toda una bola de nieve.
En el Ladrón de Cuerpos (libro 4) apareció un Lestat que probablemente sufría su eternidad un poco más de lo que la disfrutaba. Era la continuación de ese vampiro que antes había intentado suicidarse viajando en el desierto hacia la salida del sol (este hecho ocurrió en la entrega anterior, me avergüenza no haberlo recordado con antelación), en vano, pues para entonces era tan fuerte por la sangre que había bebido de Akasha y otros antiguos vampiros, que de la hazaña no resultó más que un dolor transitorio, aunque muy agudo, y un bronceado que le seguiría tiñendo la piel por el resto de la serie. A este Lestat abordó el sujeto del que el libro toma nombre, para ofrecerle el intercambio de un cuerpo mortal, moreno, oriental, joven, fuerte, grande y hermoso por el suyo, infinitamente más bello y poderoso, pero condenado a la inmortalidad. A lo largo de las CV es omnipresente una organización llamada Talamasca, donde eruditos y personas con poderes extrasensoriales se alían para comprender los fenómenos y sujetos paranormales; en este libro tienen especial importancia a través de David Talbot, un respetable inglés integrante de dicha organización y además conocido de varios vampiros importantes, entre ellos Lestat y Marius. Por otro lado, el ladrón de cuerpos era un viejo miembro de la Talamasca que había robado, a través de una técnica ancestral, el cuerpo de un joven para ser más atractivo a los ojos de su objetivo. No recuerdo bien bajo qué términos (y sentimientos) Lestat acepta el trato del sujeto, volviéndose otra vez humano. Creo que en este momento fue cuando el acto sexual dejó de ser metáfora en los libros de Rice y fue retratada la sexualidad más como la entiende la gente común; que ocurriera cuando Lestat se vuelve humano no fue más que una coincidencia o pretexto, pues al regresar a su condición imperecedera, y en las siguientes entregas, no sólo él sino todos los demás vampiros piensan y sienten la sexualidad en este último sentido; Anne Rice aquí dejó de mostrarse asexual -implícitamente bisexual- y dotó a sus personajes de una bisexualidad manifiesta. Total que Lestat tuvo sus relaciones heterosexuales con una chica que cortejó en un bar, invitó en varias ocasiones a David Talbot a hacer el amor, pero éste lo negó cada vez, probó la comida y el vino, disfrutó de los días de sol como cualquier otra criatura; y también sufrió -muy mariconamente- de un sistema excretor, del cansancio, de la enfermedad y la vulnerabilidad humanas, de tener a la muerte real pero realmente cerca, lo cual no recordaba que fuera posible; al final decidió que mejor sí volvía a su cuerpo inmortal, que no podía soportar tanta incomodidad y debilidad. Desde luego, el ladrón de cuerpos no está dispuesto a revocar el trato, pero bueno, ya he dicho que Lestat regresaba a su condición imperecedera, así que no fue más que cuestión de tiempo y esfuerzos para que esto se llevara a cabo, con el apoyo y conocimientos de su amigo de la Talamasca. Casi terminándose el libro, el protagonista me recordó, ahora sin simpatizarme del todo, que podía ser un rebelde y malvado sin causa, convirtiendo a su querido David en vampiro aun cuando éste se niega y debate conmovedoramente para evitarlo. Por presiones de la batalla librada con el ladrón, el cuerpo con el que David queda, y que inmortaliza, es el del joven moreno y fuerte que pasara antes por la posesión de Lestat. Talbot se vuelve un personaje muy importante en las crónicas a partir de aquí, y este libro finaliza con Louis, él y el protagonista reuniéndose cuales viejos amigos y preparándose para viajar en compañía, aunque sea por un tiempo.
Anne Rice me parece, como yo en aquellos momentos, había mantenido un panorama religioso general que en su universo ficticio iba y venía del apaetísmo al agnosticismo. En El Ladrón de Cuerpos, David Talbot aparentemente de forma azarosa tiene una visión más o menos teofánica que sería el preámbulo de Memnoch, el Demonio, la siguiente entrega. No pude dejar de extraer este fragmento que copio aquí abajo, y que en su momento me significó muchísimo, el cual sintetiza este panorama ateísta que predominaba en los vampiros de Rice.
-¿Buscas a Dios? -preguntó [David] luego.
-Por cierto que no -respondí [/respondió Lestat]-. Es una gran pérdida de tiempo, aun cuando uno tenga siglos para derrochar. Ya no emprendo más esas búsquedas. Miro el mundo que me rodea para encontrar las verdades, verdades encerradas en lo físico y lo estético, verdades que puedo abrazar plenamente. La visión que tuviste me interesa porque es tuya, porque me la relataste y porque te quiero mucho, pero nada más.
El quinto libro es el cuarto y último que narra Lestat, y como éste mismo comenta, no es una historia de vampiros. En realidad es una versión Riceana o interpretación de la creación bíblica y otras partes de las Sagradas Escrituras. Empezó para mí como la más aburrida entrega de toda la serie, y así la sigo considerando, aunque la prefiera a Cánticos de Sangre. Con todo, encontré uno que otro pasaje la verdad muy estimulante para la reflexión, y una que otra sección emocionante. Al parecer Lestat es demasiado atractivo no sólo para seres seculares como Akasha y Marius, o para importantes eminencias humanas como lo fueron David Talbot y el ladrón de cuerpos, o para la frenética juventud que compraba sus discos cuando fue rockstar; el mismísimo diablo cristiano, que cortésmente pide le llamen Memnoch, acude al protagonista para mostrarle su historia y pedirle que le ayude en su milenaria confrontación a los designios y órdenes de Dios, los cuales a través de las visiones por las que el demonio conduce a Lestat, muestran al todopoderoso como un personaje absolutamente incomprensible y atroz, yet con una presencia inexplicablemente generosa. De estas visiones, rescaté unas pláticas entre Memoch y Dios que me parecieron de lo más interesante. Aquí las dejo:
1
—¿Pero dejarás que haga las cosas a mi modo? ¿Dejarás que les diga que eres un Dios cruel e implacable, que matar en tu nombre es una infamia, que el sufrimiento en vez de redimir deforma y condena a sus víctimas? ¿Podré contarles la verdad? ¿Que si quieren ir al cielo, tendrán que abandonar tus religiones y tus guerras santas y tu magnífico martirio? ¿Que deben tratar de comprender el misterio de la carne, el éxtasis del amor? ¿Me autorizas a explicarles la verdad?
[…]
<< Muy bien. Aunque me obligues a asumir una forma terrenal, triunfaré. Enviaré más almas al cielo a través del sheol que tú a través de tus absurdas enseñanzas y revelaciones. Enviaré a más almas reformadas cantando al paraíso que tú a través de tu estrecho túnel. ¡Seré yo quien consiga llenar el cielo y magnificar tu gloria!
[…]
De improviso, Dios Encarnado sonrió y dijo:
—Te quiero, mi valiente adversario. Me alegro de haberte creado, al igual que me alegro de haber creado el universo. Envíame tantas almas como puedas. Tú mismo formas parte del ciclo, de la naturaleza, eres tan prodigioso como un rayo o la erupción de un volcán, como una estrella que estalla de improviso en las galaxias, a tanta distancia de la Tierra que transcurren miles de años antes de que los mortales puedan contemplar su luz.
—Eres un Dios implacable —respondió Memnoch, negándose a ceder—. Enseñaré a los seres humanos a perdonarte por ser como eres, majestuoso, infinitamente creador e imperfecto.
Dios Encarnado sonrió y besó a Memnoch en la frente.
2
-Adelante, difunde tus enseñanzas entre los hombres, provócalos, deja que te arresten, que te condenen y te ejecuten en la cruz. Hazlo, pero hazlo como un hombre mortal.
—Es lo que me propongo.
—No es cierto; sabes que eres Dios. ¡Olvídate de que lo eres! Sepulta tu condición divina en tu carne, tal como has hecho durante mucho tiempo. Sepúltala, Señor, piensa sólo en tu fe y en tu esperanza en el cielo, como si ello te hubiera sido dado a través de una revelación inmensa e innegable. Pero sepulta en este desierto la certeza de que eres Dios. De este modo experimentarás el dolor como un hombre. Conocerás el auténtico significado del sufrimiento, despojado de cualquier atisbo de gloria. Contemplarás lo que los hombres ven cuando les arrancan la carne y los mutilan y su cuerpo sangra. ¡Verás la podredumbre del cuerpo mortal!
—Memnoch, todos los días mueren en el Gólgota muchos hombres. Lo
importante es que el Hijo de Dios morirá por su propia voluntad en el Gólgota
encarnado en un hombre.
—¡No! —contesté—. Eso es una catástrofe.
El Señor me miró con una expresión tan triste que creí que iba a echarse a llorar.
Lestat no sólo es espectador de las revelaciones, sino que de alguna forma Memnoch lo lleva hasta aquellos lugares y tiempos, dándole cierta libertad para actuar en algunos de los contextos. Es así como se encuentra con Dios en el cielo y éste le pide que se una a él, propuesta para la cual el vampiro no tiene respuesta. Es también así como llegado el día de la ejecución de Jesús en la cruz, tiene el atrevimiento de beber de la mismísima sangre del Dios encarnado (en aquel entonces, mi parte favorita, por herética) y de coger para sí el velo de Verónica. No acepta aliarse con Dios ni con Memnoch, y huye del infierno de éste por apenas un pelo, no sin antes perder un ojo que le arrancan de la cuenca. La experiencia desde luego le deja muy trastornado, y lo peor es que no hay nada que le pueda hacer estar seguro de que lo que vivió, a pesar de regresar tuerto al mundo, fuera real; es decir, ¿cómo comprobar si aquel Memnoch no era realmente otro ser implacable y sobrenatural (como los vampiros) con un gran poder de sugestión, cómo comprobar que las visiones no fueron sino un artilugio ilusorio con personajes de nombres familiares, Jesucristo, Lucifer? Así pues, lo que consideré y sigo considerando un intento de Anne Rice por conciliar su propia confusión con respecto a la existencia de un Dios, no terminó más que en un enredo todavía mayor, pero aun así en una muestra de su pugna por darle evolución a su ideología incompleta o insatisfactoria (omm... ¿o me estaré súper proyectando en ella?). En medio de vampiros cristianos inmolándose luego de ver el velo de Verónica que trajo Lestat, el cual consideraron prueba inequívoca de la existencia del creador, el atormentado héroe es visitado por la antigua Maharet, quien le regresa el ojo que Memnoch le arrancó con un mensaje enigmático: felicitándolo por llevarse el velo y entregarlo a Dora (una profeta cristiana moderna que tuvo bastante importancia en el libro)... ¡como si todo hubiera sido parte del plan! Incapaz de soportarlo, Lestat tiene un brote histérico y es atado por unas cadenas que no es capaz de destruir, de lo cual está agradecido. Siendo que yo continuaba para entonces en un cómodo agnosticismo (bueno, tal vez ya no tan cómodo, pero tolerable), la crisis de Lestat y Anne Rice no me reverberaron la gran cosa; la autora se me había adelantado (aparte cuando terminó de escribir el libro yo tenía 4 años jeje). Me parece que para poder soportar su propia crisis, Anne tuvo que sumergir a Lestat en el letargo por mucho tiempo, pero como todavía tenía mucho más que decir, se valió de sus demás personajes, en posiciones de menor angustia existencial, para hacerlo. Las últimas líneas del libro dicen “permitid que pase de la ficción a la leyenda” y firma Lestat “Adieu, mon amour”, ahora supongo, que porque ésa era su despedida definitiva u,u.
Armand el Vampiro es el nombre de la sexta parte de las CV, escrito por David Talbot luego de rogar escuchar la historia en voz del personaje homónimo del libro. Armand no había sido de mi agrado antes, pero llegada esta lectura y la oportunidad de 'conocerlo' le tomé mucha simpatía. Con una edad de poco menos de medio milenio y la apariencia de un adolescente hermoso y afeminado, debió ser el vampiro más desafortunado de todo el repertorio de Anne, siendo su existencia atormentada por situaciones de estrés extremo por sí mismas, contrastando con los sufrimientos más neuróticamente típicos de por ejemplo, Lestat, Louis y Marius. En su vida mortal fue un pintor prodigio explotado por la iglesia a la que pertenecía, que pretendía convertirlo en una suerte de artista mártir; en su pubertad, fue secuestrado y vendido varias veces como esclavo, pasando por períodos largos de hambre, enfermedad, golpizas y abuso sexual, hasta finalmente llegar a manos de su amante, ejecutor y creador, Marius, quien para entonces ya poseía una basta y suculenta letanía de chicos guapos y brillantes en desgracia. Sostuvo con éste una relación de discípulo-maestro muy al estilo griego en el tiempo de los grandes pensadores, con toda la pedofilia intrínsica. Luego de pasar por fin a una vida digna al lado del antiguo, no parece sentirse del todo jubiloso, sino que anhela algo más, y es así como Marius cede a otorgarle el don oscuro. Siendo un neófito es vuelto a secuestrar, ahora por la misma secta de vampiros que Louis aniquilara en el primer libro, pero siglos antes, cuando era más numerosa y fuerte. En el rapto muchos de sus condiscípulos son quemados y todo parece indicar que Marius corre con la misma suerte, aunque como sabemos por los libros 2 y 3, sigue vivito y coleando. Armand es llevado al lugar donde se celebraría una pira religiosa en la que impotente vería morir uno a uno al resto de sus compañeros, con lujo de la arrogancia cruel e ignorante propia de la Inquisición; por si no fuera poco es vuelto prisionero y sometido por años, a lo que se supone es un hambre infinitamente más dolorosa que la que vivimos los mortales (la de la sangre) y a otras torturas destinadas a acabar con todo rastro de la moral presuntamente corrupta de la que se le acusa; finalmente, es convertido a la secta (de adoradores de satán) y vuelto líder de un segmento de ésta. En ese total aturdimiento, con la psique desfragmentada, pasa más de un siglo guiando a un grupo cada vez más agonizante que ya para Entrevista con el Vampiro no es sino la compañía de bufones conocida como Théâtre des Vampires. Con la llegada de Lestat y más tarde de Louis comienza el resurgimiento de su conciencia. Armand siempre tuvo una devoción ciega al cristianismo y es de hecho uno de los vampiros que, tras la revelación del velo de Verónica, intenta inmolarse a la luz del sol, pero al final es rescatado por un par de chiquillos mortales, Benjamin y Sybelle, a quienes aparentemente una parte disociada de su personalidad pide auxilio (ni tan aparente; ésta es una sección muy confusa en la historia, donde no se aclara bien si es él quien acude primero a ellos o viceversa, ni cómo ocurre esto). Es acompañándose por estos dos personajes que me parece finalmente Armand halla la pasión por la vida que ni siquiera Marius, con lujos y enseñanzas, logró despertarle. No recuerdo haberme identificado con Armand, como sí me pasó con Lestat y me pasa ahora con Louis, sin embargo su sufrimiento me conmovió mucho y confieso que sentí algo de envidia de su fe en Cristo. Hay una cosa más de la cual hasta ahora caigo en cuenta: si con alguien me identifiqué de la obra fue Bianca, una socialité de la que el protagonista se enamora en sus años de estancia con Marius. Ella es una astuta mujer que hace lo que sea (incluyendo el asesinato) para cerrar negocios turbios con tal de salvar su propio pellejo constantemente amenazado por su corrupta familia; era la representación más bella que vi, en la literatura, del monstruo que se crea víctima de las circunstancias, criado y alimentado por un enfermizo contexto sin punto de retorno a la vista; era también, en el fondo, una criatura frágil y amorosa, como lo comprueba al cuidar de Armand luego de que un amante de éste le envenenara; ella parece dispuesta a empezar de nuevo, harta de la bota que le oprimía el cuello, como lo hace cuando finalmente Marius se deshace de sus chantajistas parientes. Por último, la parte que más emotiva me resultó de este libro fue cuando Armand, en sus años de discípulo griego, regresa a su natal Rusia para ver una vez más a su familia, encontrándose a su padre, alguna vez un valeroso y respetable hombre, borracho en una cantina culpándose indefinidamente de no haber impedido el rapto de su hijo. Allí le hace saber que sigue vivo y que le ha ido bien, ante lo cual el hombre desborda de felicidad: y aunque con su madre se presenta como un personaje inventado que lleva oro y joyas de parte de Armand, es al final reconocido y bendecido por ésta. El chico vampiro sale ofuscado e inquieto de estas escenas, pero personalmente me produjeron un montón de alivio, tal vez sintiendo que en algún momento de mi vida podré identificarme con esa clase de reencuentro filial.
Merrick es el nombre de una poderosa bruja descendiente de la afamada familia de -brujas- Mayfair, miembro de la Talamasca y amante de David Talbot en la vida mortal de éste; también es la denominación del séptimo libro. Escrito por David, narra la que para mí es la más compleja trama contada en las CV, con un montón de elementos muy bien dispuestos que al final van encajando en un plan perfecto para que la bruja obtenga su añorada inmortalidad vampírica, lo cual a la vez es al parecer un designio de óncle Julien (un personaje importante de Las brujas de Mayfair, la otra saga extensa de Anne Rice, que aquí converge con CV), con no estoy tan seguro de qué clase de alcances y motivos. Empieza con un Louis que incapaz de olvidar a su pequeña hija y novia Claudia, deseando saber si descansa ésta o no en paz, recurre a su amigo David para invocarla en espíritu. Hacia el final, cuando la niña vampiro es finalmente traída a escena, se muestra como un demonio devorado por la ira y el rencor, deambulando eternamente una especie de limbo más parecido a la nada que a cualquier otro mundo post mortem imaginado; además, para desconsuelo de Louis, revela que durante su compañía terrenal todo el tiempo le guardó a él tanto odio como el que le profesaba a Lestat. Completamente desilusionado, Louis decide finalmente terminar con su propia existencia, aunque no sin vacilar. Cree que probablemente merezca esa nada como destino, y es así como sin que Merrick o David puedan evitarlo, se expone al sol por un día completo. Lo que éstos encuentran al anochecer no es más que una copia carbonizada del afable Louis. Es aquí cuando Lestat despierta de su letargo para desgarrarse las venas y derramar su poderosa sangre en los labios de su hijo vampiro favorito, salvándolo de esta forma. Pf. Para entonces yo le había tomado bastante cariño a Louis, por lo reconfortante que era para Lestat cada encuentro con él y por la descripción de su físico, el cual siempre imaginé más atractivo que cualquier otro personaje de la saga; no obstante, me chocó que Anne fuera incapaz de dejarlo morir en paz, así como también se rehusaba a hacer definitivas las muertes de Lestat o Armand. Pero no la culpo, después de todo ha de ser muy doloroso dejar morir a personajes que son extensiones de la propia personalidad, y probablemente si me chocó fue porque yo en su lugar también hubiera sido incapaz (mi psicoanalista decía: te choca; te toca [touches]:P). Al regresar, Louis explicó que había experimentado la nada y ahora estaba aterrado de la idea de volver a ella, ahora se arrepentía de su suicidio. En otras palabras, estaba dispuesto a continuar vagando por la eternidad, la cual al menos por un momento no parecía tan insufrible: Lestat estaba de nuevo a su lado y ahora tenía a Merrick y a David también. El libro termina con un gran vuelco en el que la nueva compañía recibe una carta amenazante de la Talamasca, la que luego de perder a dos valiosos miembros y de verse constantemente expuesta en los libros que los vampiros tan alegremente publican, exige a Lestat se retire de Nueva Orleans (lugar donde se desarrolla la mayoría de las CV, se me pasaba mencionar) y devuelva a Merrick, declarándose en guerra contra él de no acceder a estas demandas.
Sangre y Oro (octavo libro) nos presenta a Thornevald, un vampiro pelirrojo creación de Maharet que pasó siglos y siglos exiliado en tierras congeladas. Sangre y Oro es la historia de la milenaria 'vida' de Marius contada a este silencioso y enigmático personaje. Para resumir, Marius es un erudito no por eso menos imbécil que jamás aprende de sus errores, que sufre mucho la soledad pero que se las ingenia para siempre alcanzarla tratando como basura a las compañías que se consigue, y que repudia la ira y la falta de control en la misma insana medida que es iracundo y falto del propio control. Una y otra vez le reñí al romano mientras leía su historia, regañándolo por tomar tan irracionales decisiones o por no tomar ninguna en absoluto, como cuando nunca sale en busca del raptado Armand, o como cuando teniendo a Pandora a su lado (su primer creación y más ferviente amor) la rechaza y maltrata, o como cuando nunca se resuelve a tomar venganza contra Santino (el vampiro autor de varias de sus más grandes tragedias), o la peor: cuando renuncia a la magnífica Bianca, quien fuera su compañía y consuelo en los momentos más sórdidos de su vida, por impulsivo y porque su amor por Pandora le volvía a nublar la razón. En Sangre y Oro también vemos de cerca la terrible condena que Marius sufre al llevar a cuestas la responsabilidad de Los que Deben ser Guardados, la madre y el padre, a quienes les tiene una obsesiva devoción, a quienes a veces convierte en su refugio, cuando la soledad le taladra las entrañas. A pesar de ser el único personaje de Anne Rice expresamente ateo, termina idolatrando a Akasha cual diosa. Este hecho me es especialmente conmovedor cuando al salir la madre de su inmovilidad, no tiene miramientos en sepultar al vampiro bajo las ruinas que deja a su paso, destruyendo uno de los tantos santuarios que éste le construyó y procuró a lo largo de la custodia con extrema frialdad. Para el momento en que Thorne encuentra a Marius, éste ha medio vuelto a organizar su existencia y es ahora acompañado por un chico vampiro que apenas le hace caso y se pasa el tiempo armando ciudades en miniatura. Aunque Thorne se siente reconfortado por volver a disfrutar de la voz y compañía de uno de los suyos después de tanto tiempo aislado, no era para esas pequeñas exquisiteces que había salido de su letargo, sino movido por los sentimientos tan ambivalentes de odio-amor que experimentan todos por sus creadores en algún momento; Thorne quiere reunirse con Maharet para poseerla y rendirse ante ella, para amarla y destruirla a la vez. Marius lo acompaña al santuario de la antigua, donde también se encuentran Mael (el creador del romano), Mekare, Armand, Pandora y Santino. El vampiro pelirrojo es incapaz de hacer nada contra Maharet, agobiado por sus contradictorios sentimientos, pero probablemente desplaza la ira que contiene hacia Santino, exterminándolo en buena media porque lo ve como lo más justo luego del dolor que le hizo pasar a su ahora amigo Marius. En medio del caos despertado por la muerte de un vampiro en manos de otro, lo cual está determinantemente prohibido, se saca los ojos y se los ofrece a Maharet (en la leyenda de las gemelas del libro La Reina de los Condenados, se explica que como parte del castigo por su rebeldía, a Mekare le arrancan la lengua y a Maharet los ojos; esta última tiene que continuamente cambiar de órganos visuales pues le duran útiles sólo tanto tiempo como el que tarda en caducar el tejido mortal de las víctimas de quienes los roba) como símbolo de su amor y después le pide que lo encadenen con los mismos eslabones que contuvieron a Lestat en el pasado, que ahora nos enteramos, son confeccionados a partir de los cabellos de la mismísima Maharet.
Fue para mí una decepción muy grande ver que Rice no siguiera con la línea de la guerra contra la Talamasca y más bien le redujera la importancia al asunto, resolviéndolo en dos o tres párrafos platicados en retrospectiva. No obstante, El Santuario (del inglés Blackwood Farm [!]) se convirtió en mi novela favorita de los últimos tiempos, todavía más favorita que Lestat el Vampiro en la actualidad y probablemente tanto como ésta lo fue en su momento. El protagonista aquí es Tarquin Blackwood, quien cuenta su peculiar historia a un ahora despersonalizado Lestat, con la esperanza de que le pueda ayudar a deshacerse de un espíritu muy peligroso que le ha rondado desde que tiene memoria. Se introduce un cuantioso número de personajes nuevos en esta entrega de las CV y francamente para lograrla se pudo haber prescindido del todo de los que ya conocíamos anteriormente. Tarquin es el heredero de un grandioso legado de noble linaje y de recursos económicos en forma de una extensa propiedad conformada por pantanos, granjas y un palaciego casa-hotel turístico, en donde vive y convive con una familia algo extravagante. Tarquin me enamoró como Lestat en sus tiempos dorados, siendo un sujeto sumamente pasional que no podía callarse nada de lo que pensaba y sentía, ni siquiera lo que extrasensorialmente experimentaba, aunque nadie le creyera; lo anterior me pegó muy fuerte por el lado de cómo me gustaría ser: ese hombre deshinibido que en charla de sobremesa, a los 16 ó 17 años, le explica a su adorada tía cómo perdió su virginidad con la fantasma de la amante de su tatarabuelo apenas minutos después de que ocurriera, como si hablar de sexualidad con la familia fuera lo más natural del mundo u.ú. Tarquin era valiente, dispuesto a pelear por lo suyo y por las personas que le rodeaban, a quienes amaba sin reservas: Jasmine, Gran Nanane y la Gran Ramona, una familia de mujeres de color que desempeñaban funciones de trabajadoras domésticas pero que significaban para él mucho más, sus abuelos Pops y Sweetheart y su tía Queen, entre otros. Fue, de niño, desinteresado e incapaz de entablar relaciones con otros de su edad, en primera porque era brillantemente adelantado y luego porque Goblin, su aparente amigo imaginario que era igual a él, le bastaba de compañía y resultaba perturbador para la demás gente, que por lo mismo prefería alejarse. El fenómeno de Goblin es central en la trama, y en gran parte de esta entrega se debaten los personajes en averiguar si es una fantasía proyectada del protagonista o si de verdad existe, como espíritu, y es únicamente observable para él. Llegado un punto en la historia Tarquin conoce a Mona Mayfair, una bruja adolescente (aunque con el mismo apellido y legado, completamente ajena a Merrick) que de hecho puede ver a Goblin; es también una enferma terminal pero no por ello menos guapa y encantadora, de la cual se enamora perdidamente y a la que le pide se case con él tan pronto el encuentro ocurre; a partir de aquí estos dos se la viven en sórdido romance hasta que Mona cae irremediablemente enferma y es aislada por completo del mundo exterior por su familia, momento en el que al fin tía Queen convence a Tarquin de viajar a Europa a “conocer mundo”. De regreso a Blackwood Farm tiene finalmente lugar el último día del joven como ser humano, cuando Petronia, un antiguo vampiro hermafrodita que vivió la catástrofe de Pompeya y el Vesubio, le otorga el don oscuro de forma muy peculiar (obligándole a beber la sangre de su pseudo pene) luego de divertirse propinándole una violenta golpiza; Petronia compartía con Tarquin, sin que fuera la voluntad de éste ni estuviera enterado de la naturaleza de ella/él, un santuario privado que hace más o menos un siglo el tatarabuelo Blackwood construyó allá entre los pantanos más alejados de la propiedad, y se había presentado en varias ocasiones en el casa-hotel, de pronto como mujer y de pronto como caballero, ganándose la admiración y miedo de los habitantes de éste. Petronia es la segunda madre desnaturalizada de la que Tarquin es sujeto a un sinfín de maltratos, con una personalidad que reúne y magnifica histriónicamente la ira de Marius, la transgresividad de Lestat y la miseria de Armand. Digo segunda ya que la madre biológica del protagonista, Patsy, nunca se hizo cargo de él y lo odió ferozmente, porque fue parte de un embarazo no deseado y porque literalmente chupó la vida de su gemelo en el vientre. De esto último nos enteramos hacia el final del libro, hecho que Merrick Mayfair saca de los labios de la trastornada Patsy, lo cual responde al origen de Goblin y a su impresionante semejanza con Tarquin. Lestat y Merrick participan en una pira ritual que finalmente guía a Goblin hacia la luz, y tan pronto ocurre, sin previo aviso, la bruja vampiro se inmola en la gigantesca llamarada, dejando a su lloroso acompañante atrás. Lestat sufre y yo con él, por la impotencia y desasociego que le causa, una perder a quien se había convertido en una muy grata compañía, y dos el hecho de que Tarquin asegura haber visto a Merrick y Goblin dirigirse hacia Jesús, pero él no alcanza a apreciar más que la luz cegadora como el destino de éstos. Me parece que Lestat queda con un sabor amargo luego de haber escuchado la historia de Tarquin y ser tan sólo efímeramente parte de ésta, teniendo que regresar a sus mundanas andadas tan pronto el asunto del espíritu se resuelve. Para nuestro consuelo, Blackwood Farm concluye con una agonizante Mona Mayfair escapándose del hospital y su familia para llegar a morir en brazos de su amado, lo cual, desde luego, no sucede, siendo las últimas líneas del libro un “Sí quiero” de ella respondiendo a la petición de convertirse en vampiro, viniendo tanto de un nuevamente entusiasmado Lestat como de un enamorado Tarquin. Antes de pasar a la última entrega, por aquí dejo un fragmento que me súper fascinó, de la primera vez que el protagonista se encuentra con el mítico vampiro francés.
Recobré rápidamente el equilibrio. Lestat, con los ojos fijos en mí, no tenía la menor intención de desviar la mirada. No obstante, le miré de arriba abajo porque no pude remediarlo, y porque era tan impresionante como siempre se le había descrito, y porque quería verlo, lenta y pausadamente, aunque fuera lo último que viera en mi vida.
Cánticos de Sangre (libro 10) es extraordinariamente distinto al resto de las CV, y al mismo tiempo está lleno de los clichés que caracterizaron la saga. Es distinto porque no es interesante per se, como sí me parecieron todos los demás libros; es intersante sólo porque de nuevo Lestat es el protagonista, dándonos la oportunidad de ver por última vez las cosas desde su peculiar perspectiva. (Aunque como ya dije y pronto entenderán por qué, el último libro que de hecho escribió fue Memnoch, el Demonio.) Tantas entregas sin ver directamente la evolución de esta perspectiva nos introducen a un Lestat algo extraño, pero que en esencia sigue sufriendo por su maldad intrínseca. Este vampiro ahora desea ser “santo”, cosa que nos recuerda una y otra vez; desea compararse con Juan Diego, al que menciona ad nauseum por todo el bendito y puto libro. La historia, aunque retrasada por la introducción del nuevo Lestat, toda una crítica sociocultural que éste hace y que desencaja profundamente con lo que se venía viendo de la maestría narrativa de la autora y hasta una visita del vampiro al papa, inicia justo donde se quedó Blackwood Farm. La nueva compañía de Lestat es Mona y Tarquin, unos alumnos neófitos con un montón de cosas por aprender, aunque en muchas ocasiones me parece que es más bien el maestro quien debe aprender de ellos. Como por fin Mona goza de salud después de tantos años incapacitada o al menos sumamente débil, decide emprender la búsqueda de la hija que tuvo con un Taltos (una extraña especie homínida que supuestamente evolucionó del homo sopiens y se apartó de los asentamientos humanos hace cientos de años) cuando no era más que una púber. Tarquin es en esta entrega un vampiro fuerte, capaz y dispuesto a conciliar las diferencias que se dan frecuentemente entre Mona y Lestat, admirador respetuoso de éste y todavía enamorado empedernido de aquélla; es también el guardián de su familia humana, a la que en su período vampírico del libro pasado nunca dejó de procurar pero de la que en éste comienza a separarse irremediablemente (en gran parte debido a la muerte de su lazo más fuerte: tía Queen, por obra de Goblin hacia el final de Blackwood Farm). Si Tarquin hubiera seguido protagonista en esta entrega, me parece que una cosa muy agradable y distinta hubiera sido para mí. Pero no, Lestat lleva la batuta y para variar, ésta le conduce a enamorarse de un nuevo ser bello, poderoso y enigmático: Rowan Mayfair, la madre sustituta de Mona. El amor que crece entre éstos no termina de convencerme, y menos cuando Lestat explica que es completamente distinto al que pueda sentir por un hombre, y que nunca experimentó nada más puro, haciendo finalmente una clara diferenciación, hasta despectiva, del romance homosexual y el heterosexual. El clímax de Cánticos de Sangre ocurre en una isla donde tienen prisioneros a los últimos Taltos, que son descendientes de Morrigan, la hija de Mona, con la compañía de Lestat rescatándolos sólo para encontrarse con unos seres cuya evolución aparentemente los dejó suficientemente distanciados de la humanidad como para que no se puedan establecer relaciones simpáticas entre ambas especies; bueno, también para que una sufriente Mona descance su conciencia sabiendo finalmente el destino que tuvo su pequeña Morrigan. El libro termina, por una parte, con Tarquin y su novia bruja vampiro alejándose de su hasta entonces maestro y recurriendo a Maharet para obtener nuevas enseñanzas de ella. Por la otra, con mi amado Lestat deseando convertirse en santo, obrando el bien por vez primera al resistir convertir a Rowan en vampiro, incluso luego de que ésta se entregara completamente a su voluntad; termina con Lestat confesando que probablemente siga siendo el mismo diablo para siempre, en tanto sigue cazando y bebiendo de los malvados para satisfacer su sed inmortal; termina no con Lestat ni ningún otro vampiro firmando tras las últimas líneas, sino, por única vez en toda la saga, con la auténtica rúbrica de Anne Rice.
Cuando estuve en psicoanálisis, que comencé a percatarme de la necesidad que tenía por ver surgir en mí la parte espiritual, vi una gran similitud en la evolución de esta nueva perspectiva con la que siguió Anne a lo largo de su vida. Ahora, analizándolo mejor, me parece que lo único que es realmente semejante es que tanto la de ella como la mía han evolucionado, porque lo han hecho de manera distinta. Por allá cuando leía Merrick, cuando estaba en terapia, ya estaba enterado, por lecturas en wikipedia y por seguir su página en facebook, de que en su larga carrera había pasado desde el cristianismo impuesto en su niñez hasta alcanzar por su cuenta el ateísmo en la juventud y adultez, más tarde estaba de vuelta ahora por convicción al cristianismo (aunque, curiosamente, justo después de la muerte de su esposo) y finalmente había renunciado públicamente a éste como religión institucional, pero también había anunciado que continuaría con su fe cristiana (es decir, la idolatría del amor al prójimo como punto fundamental de su ser) y su cercanía a la divinidad. En aquel entonces yo quería ver y saber más para en base a ello poder modificar mis creencias e ideologías, o acaso crearlas. Anne Rice me ofrecía un camino muy disfrutable e intersante que recorrer, muy ad hoc pues de antemano sabía más o menos por qué páramos me guiaría; de hecho ya hasta me había planeado la secuencia que seguiría: terminaría sus Crónicas Vampíricas, luego leería su autobiografía (que se llama Called Out of the Dark: a Spiritual Confession) y después sus dos libros cristianos... tal vez leería a continuación las brujas de Mayfair o sus nuevas historias de vampiros, pero eso ya era otra cosa aparte pues de hecho estas sagas están escritas más o menos por el tiempo histórico de las CV. No me quiero volver a la religión cristiana y no creo que pueda acercarme a la divinidad, en tanto que no creo que esté ni sea en ningún lugar; pero sé que algo bueno sacaré de la experiencia de Rice pasando por estos procesos, y como entiendo que tengo gran identificación con ella, seguramente de ahí me pescaré para obrar algunos cambios en la ideología que comienzo a formar.
Nunca imaginé, cuando recién agarré Entrevista con el Vampiro, cuando decía que leía como forma de entretenerme, distraerme y también para aprender a redactar mejor, que esta lectura me llevaría por un camino tan apasionado y revelador, que se convertiría después en una constante picada de costillas para recordarme que si me puse la etiqueta de relativista ideológico era para de hecho dejar mi pensamietno evolucionar y conducirme hacia nuevos horizontes, que al final, es decir actualmente, el leer y reflexionar sus secuelas (que me parece son todos los libros de Anne Rice y no sólo las CV) se tornaría para mí en un deber moral y en una necesidad espiritual.